La crisis del “progresismo” y la necesidad de una izquierda revolucionaria

Por Olmedo Beluche

¿Cómo se puede entender la huelga general y las grandes movilizaciones populares, de mediados de septiembre, en Costa Rica, por la aplicación de un paquete neoliberal, el “combo fiscal”, por parte de un gobierno que calificaban de “izquierdas”, “populista” o “progresista”?

Al igual que lo hizo meses atrás el gobierno del FSLN, con el intento de aplicar una reforma neoliberal a las jubilaciones, junto a una feroz represión contra la juventud, estos hechos ponen en evidencia algunas realidades que los explican.

  1. Toda la política y la política económica mundial, en todos los países, al margen de qué partido gobierne, está determinada por la crisis capitalista crónica y la ofensiva de la burguesía mundial contra los pocos derechos económicos y sociales que preservan la clase trabajadora, sectores populares y capas medias.
  2. El mecanismo es el mismo que Carlos Marx puso en evidencia en el siglo XIX, para compensar la caída tendencial de la cuota de ganancia hay que forzar reformas que aumenten la explotación de la fuerza de trabajo o que procuren la destrucción de fuerzas productivas para darle un “restart” al sistema.
  3. Porque el sistema económico, social y político sigue siendo el mismo que el del siglo XIX con algunas adecuaciones que lo han hecho más extensivo e intensivo: el sistema capitalista global. En ese sentido constituyen una falacia, y no permiten comprender la situación todas las teorías sociales postmodernas, que pretenden que “el mundo cambió” y vivimos en “postcapitalismo”.
  4. Esta política económica neoliberal es impuesta desde las entidades que comandan el sistema a nivel internacional: OCDE, Banco Mundial, UE, FMI, etc. Los países que se resisten a la aplicación de estas políticas sufren enseguida las consecuencias con sanciones económicas o agresiones militares.
  5. El eje del ataque en todos lados tiene como excusa combatir el “déficit fiscal” atacando a los programas y derechos sociales, sin cortar por el lado del pago de las deudas estatales a bonistas, bancos y entidades financieras. Los derechos de las clases trabajadoras son atacados como si fueran “privilegios”, mientras se mantienen verdaderas injusticias fiscales que permiten a los más ricos pagar menos impuestos proporcionalmente o estar exonerados. Otro aspecto de este ataque está dirigido contra los sistemas de pensiones y jubilaciones, cuyos ahorros se transfieren a la especulación financiera, mientras se retrasa la edad de jubilación de los asalariados. En esto se concentra la lucha de clases de manera concreta.
  6. Los llamados gobiernos “progresistas”, “populistas” o de “izquierda” sufren las mismas presiones que los gobiernos de derecha, conservadores, liberales o nacionalistas para aplicar esos paquetes neoliberales. La diferencia está en que, mientras para la derecha las medidas neoliberales son consecuentes con sus programas, los gobiernos “progresistas” traicionan sus programas y a sus electores para aplicarlas, como es en el caso de Costa Rica, Nicaragua, Grecia, etc.
  7. Gran parte del descrédito de la izquierda, del escepticismo imperante, se debe a esa traición que las direcciones políticas mayoritarias hacen de sus compromisos con sus electores y su base militante. Cuando llegan al gobierno, en nombre del “realismo político” y por temor a enfrentar consecuentemente a la clase capitalista nacional y al imperialismo mundial, terminan aplicando los mismos planes que la derecha. Esas direcciones “progresistas” saben que hacer lo correcto los llevará a una verdadera Revolución Socialista, pero ellos no son revolucionarios, son reformistas, aspiran a unas pocas reformas sin tocar el fondo del sistema capitalista.
  8. Los “progresistas”, aunque inconsecuentes, no son lo mismo que la derecha liberal o conservadora, ya que se mantiene una diferencia sustancial en sus discursos y en los ritmos de la aplicación de la política neoliberal. Los progresistas intentan salvar parte de su programa social, aunque no enfrenten al capitalismo. La lucha por el poder es real y cruda, y se confirma en las campañas de difamación, las sanciones económicas y las agresiones militares. El caso del final trágico del gobierno de Salvador Allende, en Chile, que defendía la “vía pacífica al socialismo”, es una prueba de ello.
  9. Este choque, entre la derecha y la izquierda reformista, que no es una farsa sino una lucha completamente real, produce dos efectos complejos en la política de la izquierda: por un lado, los reformistas en su defensa exigen unidad frente al ataque de la derecha y el imperialismo, y presentan toda disidencia de izquierda como “traición”; la izquierda sectaria, acierta en señalar la traición de los reformistas, pero lo hace sin comprender que existen diferencias reales entre la derecha y el reformismo, ni tomar en cuenta el nivel de la conciencia de los trabajadores que respaldan el progresismo.
  10. La izquierda consecuentemente revolucionaria y socialista tiene la labor compleja de confrontar al sistema capitalista y sus partidos, así como al “progresismo” inconsecuente. Hay que “explicar pacientemente” que la única manera de alcanzar una esperanza para una vida mejor de los hijos de la clase trabajadora es rompiendo totalmente con las políticas capitalistas neoliberales, no pactando con ellas. La crítica al reformismo debe ser hecha desde la unidad en la lucha contra la derecha y el imperialismo, so pena de perder el diálogo necesario con la base social del progresismo.
  11. La base para construir una alternativa revolucionaria nueva que permita superar el actual impasse es un programa que dé el poder a la clase trabajadora mediante organismos DEMOCRÁTICOS de autogobierno y autogestión, no el control burocrático desde arriba que ejerce el reformismo.
  12. Un compromiso con libertades democráticas para la clase trabajadora y una condena consecuente de todas las violaciones a los derechos humanos, deben ser una marca distintiva de un proyecto de izquierda consecuente. Pretender legitimar purgas de estilo stalinista, como los crímenes que hoy comete el gobierno Ortega-Murillo en Nicaragua, sólo conduce a un mayor descrédito de la izquierda y a dificultar la construcción de una alternativa revolucionaria a la crisis capitalista.
  13. Por otro lado, las transformaciones económicas mínimas que se necesitan para cortarle las piernas a la burguesía y la derecha son las que los “progresistas” no se atreven a tomar: nacionalización de la banca, la gran industria y comercio exterior.
  14. Es importante ser conscientes de que un programa consecuente de la izquierda, basado en movilización y participación democrática de los trabajadores, junto a la nacionalización de la banca, la industria y el comercio exterior, no le garantiza a nadie la entrada inmediata en el “paraíso socialista”. Un programa consecuente es apenas el inicio de una larga lucha generacional por la justicia social y por acercar el socialismo a la realidad. Pero no puede haber “socialismo en un solo país” en un mundo económico, político y militar controlado por el imperialismo capitalista. La realidad abofeteará rápidamente a quien pretenda desconocer este hecho.
  15. En conclusión, si bien una izquierda revolucionaria y realmente consecuente puede y debe marchar en unidad de acción con el “progresismo” o “reformismo”, para enfrentar al imperialismo y la derecha, también debe ser capaz de construir su propia personalidad política diferenciándose de los inconsecuentes, so pena de quedar embarrada y desprestigiada de los “errores” del progresismo, retardando la tarea histórica de construir una alternativa política revolucionaria.

    Panamá, 16 de septiembre de 2018.

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