El “pecado original” de la burguesía panameña: la corrupción

Por Olmedo Beluche

 Cada tanto, el hartazgo de la ciudadanía con el sistema político, combinado con la encarnizada lucha por el poder entre los sectores dominantes de la economía panameña, produce un remezón en que salen a relucir los trapos sucios de las fortunas “malhabidas” de las élites. Hoy asistimos a la escandalosa exposición del grupo encabezado por el ex presidente Ricardo Martinelli y de cómo saqueó multimillonarias sumas del erario público, aunque sospechamos que lo conocido es apenas una fracción de la horrible realidad.

 En materia de corrupción, Martinelli “no inventó el agua tibia”, sin que esto exculpe sus delitos, sino que siguió una vieja tradición de la clase dominante panameña, la cual se remonta al mismísimo Vasco Núñez de Balboa, sus robos y crímenes, por el cual los pueblos originarios del Istmo perdieron todo lo que hasta 1501 era suyo, incluyendo el Mar del Sur.

 Pasemos por alto la larga historia de robo de tierras a las comunidades indígenas y campesinas practicada por parte de las más encumbradas familias ganaderas de todas las provincias, tradición que parte desde las encomiendas del siglo XVI, pasa por todo el siglo XIX, se refleja en la lucha de Victoriano Lorenzo, hasta llegar a hechos recientes, como el secuestro, en 1971, del cura Héctor Gallegos ordenado por los terratenientes de Santa Fe y ejecutado por la Guardia Nacional.

 Ni hablemos de cómo en pleno siglo XXI la industria minera e hidroeléctrica (Petaquilla o Barro Blanco) roban el agua y la tierra a las comunidades con ayuda de los gobiernos del PRD, CD y Panameñista, para quienes la “seguridad jurídica” es sinónimo del derecho de los opresores y los derechos humanos de los pobres la única seguridad que conocen es la de los antimotines echándole gases, balas y palos cada vez que salen a protestar.

Ni hablemos de cómo la corrupción ofició de partera de la República en 1903, en la que un puñado de empresarios norteamericanos, encabezados por el banquero J. P. Morgan y su abogado William N. Cromwell, con ayuda de los marines enviados por Teodoro Roosevelt, forzaron la separación de Panamá de Colombia, para hacerse con un tratado que le garantizara a los primeros 40 millones de dólares y al imperio yanqui un canal y una zona en la que gobernarían “como si fueran soberanos”. Por supuesto, todo avalado por un grupo de “próceres” criollos (no todos panameños) debidamente salpicados de dólares por Cromwell y Bunau Varilla. A quien no crea le recomendamos leer a Oscar Terán y Ovidio Díaz.

Para qué mencionar que en su Mensaje a la Asamblea Nacional, en 1908, el primer presidente de la república, el cartagenero Manuel Amador Guerrero, mencionó que hizo pagos por más de 200 mil dólares (el 10% de los dos millones con que inició su gobierno, agregamos) a “empréstitos” (sin facturas, según muchos historiadores) hechos por la Junta Provisional de Gobierno que rigió el país en el corto lapso del 3 de noviembre de 1903 al 20 de febrero de 1904. Dólares que fueron las balas que aseguraron la “independencia” (je, je) de 1903.

 Según un wikileaks de la época, citado por Araúz y Pizzurno (“Estudios sobre el Panamá republicano”), los liberales de 1906 se quejaban del gobierno de Amador ante el encargado de negocios de Francia diciendo que “su parte del pastel es magra: ven con dolor el dinero americano fundirse en las manos del actual gobierno y temen no encontrar nada cuando les toque el turno…”, lo cual describe no solo al gobierno conservador, sino a los mismos liberales y sus motivaciones.

 En 1909, el representante demócrata por Illinois, Henry T. Rainey acusó a William N. Cromwell (padre putativo de la separación de Colombia) y a Teodoro Roosevelt de tener un plan de expoliación sobre Panamá, con la complicidad del presidente José De Obaldía, al que calificó de “político completamente corrompido, dominado por Cromwell” (Ibidem). Ejemplo de ello fue el Contrato No. 4, de 1909, en que el gobierno de Obaldía y su secretario de Hacienda, Carlos A. Mendoza, otorgaron “la mitad de la República a una sola Compañía” (de J. Erhman) para la explotación de madera en Colón, Bocas del Toro y Chiriquí.

 Esa alianza de intereses yanquis y locales se expresaba en la composición de la empresa que suministraba energía eléctrica a la ciudad de Panamá, la Panama American Corporation, domiciliada en Nueva York, cuyos accionistas eran: William N. Cromwell, Isaac natal, Jacobo Brandon, Isaac Levi Toledano, J. Honningmar, Ricardo Arias, Manuel Espinoza Batista, José Agustín Arango, José Gabriel Duque, Gustavo Eisman, Manuel E. Amador, Piza & Piza, Maduro e hijos, etc. (Ibidem).

 Frente a las elecciones presidenciales de 1916, el grupo conservador (Obarrio, Arjona, Pretelt, Lewis, Arias, Ossa) aliados con el liberal Rodolfo Chiari, acusaban al presidente Belisario Porras y su sucesor de a dedo, Ramón M. Valdés, de corruptos, desde las páginas delStar & Herald. Por su parte, el oficialismo respondía desde las páginas de El Diario de Panamá con un estribillo contra Chiari: “Si siendo solo gerente/ De medio millón dispuso/ sería mayor el abuso/ si llegara a Presidente”.

 En 1917, Star & Herald, es decir, la familia Duque, decía contra el binomio Porras-Valdés, pero a nuestro juicio extensible a todos los bandos que: “La corrupción ha echado en Panamá muy hondas raíces, la impunidad ha adquirido el derecho de ciudadano como en ninguna otra parte del mundo, el patriotismo ha bastardeado de su alto origen, y la política o lo que por tal se tiene, aunque sea duro confesarlo, ha izado  una bandera que cubre todo género de mercancía” (Ibid.). A confesión de parte, relevo de pruebas, dicen los abogados. 

 Como en la política panameña el principio ha sido no tener principios, el mismo grupo oligárquico que en 1916 apoyaba a Chiari contra Porras, en 1930, viendo la enorme crisis agudizada por el “Crack de la Bolsa de Nueva York”, que reinaba la corrupción bajo el gobierno del títere de Chiari, Florencio Arosemena, y que ellos estaban fuera del pastel, se alían con una facción liberal (de Domingo Díaz) para sacar del poder al chiarismo. Entre ellos estaban Enrique A. Jiménez, Francisco Arias Paredes, Samuel Lewis, entre otros, pertenecientes al llamado “Gabinete del Club Unión” o grupo de “Los Tigres” (12 cabezas de familia que controlaban económicamente al país y génesis de los que es la oligarquía panameña del siglo XX).

 Para abreviar el cuento y no aburrir, mencionemos de pasada que, acorde con los tiempos que corrían, inicio de la fase de industrialización sustitutiva en América Latina, la oligarquía panameña aprovechó las negociaciones del Tratado Arias – Roosevelt, de 1936, para lograr acceso al mercado de la Zona del canal para algún producto manufacturado por ellos en Panamá. Cediendo el gobierno norteamericano en dos productos claves, cuyos negocios reorientaron la organización de la burguesía, pues su control pasó a ser la fuente de acumulación fundamental en las décadas de 1930 y 1940: la cerveza y la carne de res.

Así la Cervecería Nacional pasaría a ser eje de crecimiento de lo que luego sería el “holding” vinculado al Banistmo (hasta 2007); y el control del llamado “Abattoir Nacional” (matadero) la fuente de acumulación del negocio ganadero, controlado por Pancho Arias en los años 30 (cuyos descendientes se han agrupado en el Banco General) y fuente de disputas en los golpes y contragolpes de la segunda mitad de la década del 40 e inicios de los 50, en la que fue actor principal José R. Cantera,  al cual los rumores lo vinculan a negocios no muy lícitos que habrían motivado su asesinato, supuestamente.

 Los mayores de 50 años recuerdan la crisis de fines del 68, cuando la oligarquía se separa de la alianza encabezada por el chiarismo (de Roberto hijo de Rodolfo), que había puesto de presidente de la república a Marco Robles, al que acusaron de “robarse hasta las vajillas de la presidencia”, para sumarse en una alianza “contra natura” en esas elecciones con Arnulfo Arias. El móvil: no querían la reforma tributaria que le haría pagar más impuestos que había diseñado el sucesor de a dedo de Robles, David Samudio.

 El régimen militar sacó de la primera línea del escenario a los políticos de la oligarquía, suplantados por figuras castrenses o tecnócratas, lo que no impidió a empresas de la burguesía seguir usando al estado como fuente privilegiada de sus contratos, sino que se pregunte al bufete Morgan y Morgan o empresas constructoras como CUSA.

 Hasta que un buen día una fracción de esa burguesía comprendió que Manuel Noriega y su plan de sustituir al ejército gringo en la zona del canal por un ejército panameño, castraba la posibilidad de usar el canal y sus áreas revertidas como fuente privilegiada de acumulación cuando revertiera en el año 2000. Entonces una fracción encabezada por los hermanos Lewis creo el llamado Grupo Modelo, nexo entre Washington y la Cruzada Civilista para sacar a “cara de piña”, acusado igual que Remón de nexos con negocios ilícitos.

 La historia de la “democracia” impuesta por la tropas norteamericanas en 1989, a costa de cientos de muertos, es música conocida: los viejos clanes de la oligarquía, personificados por los nietos del “Gabinete del Club Unión” han sido los beneficiarios de las privatizaciones y obras públicas de estos gobiernos, en los que han penetrado con donaciones para campañas todos los partidos y han cogobernado con todos los presidentes.

 Irónicamente, el partido más penetrado por la oligarquía es el PRD, cuyo ideario supuestamente se basaba en ser antioligárquico. No sólo su frente empresarial se tomó la directiva, liquidando al resto de los frentes, sino que sus figuras no han tenido ningún empacho en convertirse en el círculo cero de Martinelli al cual ayudaron a ganar la presidencia a costa de su copartidaria Balbina Herrera. De ahí que un buen número de los implicados en las actuales investigaciones como supuestos beneficiarios de peculados bajo el martinelato, aún están inscritos en el PRD.

 Pero no pensemos como los obtusos chauvinistas que se han puesto de moda últimamente, y no creamos que la corrupción nos hace diferentes a los panameños del resto de la humanidad. No. La corrupción, como una forma rapaz de robar y expropiar a las mayorías, como una fuente de acumulación originaria de capital, es un sello del sistema capitalista internacional, iniciado en el siglo XVI.

 El robo fue el puntapie inicial del sistema moderno de acumulación, pero el robo se mantiene como una forma de sostener las fortunas empresariales, en especial en periodos de crisis. Mientras haya capitalismo habrá corrupción. Y eso es lo que vemos en las noticias que llegan de todas partes. Por eso la única alternativa consecuente contra la corrupción es organizar a la clase trabajadora para romper la explotación capitalista, para construir el socialismo, es decir, una sociedad sin explotación de clases.

 Si alguien le dice que las fortunas de la oligarquía local fueron construidas a costa de mucho trabajo, esfuerzo y ahorro por los abuelos de los actuales ricachones, cítele al propio Carlos Marx:

 Esta acumulación originaria desempeña en economía política aproximadamente el mismo papel que el pecado original en la teología. Adán mordió la manzana y con ello, el pecado se posesionó del género humano. Se nos explica su origen contándolo como una anécdota del pasado. En tiempos muy remotos había, por un lado, una elite diligente, y por el otro una pandilla de vagos y holgazanes. Ocurrió así que los primeros acumularon riqueza y los últimos terminaron por no tener nada que vender excepto su pellejo. Y de este pecado original arranca la pobreza de la gran masa (que aún hoy, pese a todo su trabajo, no tiene nada que vender salvo sus propias personas) y la riqueza de unos pocos, que crece continuamente aunque sus poseedores hayan dejado de trabajar hace mucho tiempo” (El Capital, tomo I, Cap. XXIV).

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